3.03.2013

Marginalia I


DE LOS ESPÍRITUS DE LA FOTOGRAFÍA Y UN ASPECTO DE LUTERO

En su Pequeña historia de la fotografía (1931), Walter Benjamin se cuestiona, entre muchas otras cosas, sobre los efectos de la permanencia y la espacialidad que envuelven al acto ilusorio de la fijación en el tiempo. En este horadar, decide invocar a una Lasker-Schüler dubitativa que sonoriza los siguientes versos que emergen como quien agita tenuemente un líquido plateado que se concentra en un recipiente: “Y me pregunto / ¿cómo el adorno de esos cabellos / y de esa mirada ha enmarcado a los seres precedentes? / ¿cómo a esa boca besada aquí en la cual / el deseo se enreda locamente / como un humo sin llama?” (“Und ich frage: wie hat dieser haare zier / Und dieses blickes die früheren wesen umzigelt! / Wie dieser mund hier geküsst zu dem die begier / Sinnlos hinan als rauch ohne flamme sich ringlet”!).
            Esa sustancia acuosa y argéntea no es sino la materia nutricia con la cual la imaginación histórica del tardío siglo XIX, o bien de este sufridísimo intersticio de entreguerras desde el cual habla Benjamin, fantaseó una perversa gestión de las ineludibles declinaciones corporales. Escaparates, pequeños espejitos ovales –que hacen imposible no dejar de recordar The Oval Portrait de Edgar Allan Poe (1842)–, láminas daguerrotípicas, cartes-de-visite y otras formas de la incipiente fotografía moderna se dan cita en torno a la gama de arpegios contemporáneos encauzados a la mitigación del aura evanescente y de la impotencia del palpar humano. Se trata, en rigor, de hallar la posibilidad de elaborar, a través de alguno de estos sortilegios, un mecanismo lo suficientemente eficaz como para contrarrestar una circunstancia de la cual la modernidad está conscientemente derrotada, de sortear triunfalmente el paso inexorable que la confronta a una recámara de horrores que fulminan la precisión del impulso eléctrico y la destreza de la técnica quirúrgica. Esta circunstancia y esta sala de torturas no son otra cosa que el patíbulo de aflicciones con que la conciencia existencial del siglo XX hubo de elaborar tramas conceptuales que acunaran ideas como las de angustia, fragilidad o arrojo vital a fin de poder matizar los contornos de una molestia central. De ahí entonces provendría también la importancia crucial de que Benjamin examinase la historia del artefacto fotográfico como un punto axial en la configuración de las tensiones de una modernidad que ha sido capaz de concebir un instrumento que le pesará como santo y seña de su genio y fracaso ante el desafío de la fuga.
            Sin embargo, en medio de este circuito, y siempre en mucha fraternidad con las investigaciones en el campo de la fotografía, se puede contemplar el devaneo de una práctica que también intentó transformarse en un dique capaz de asestar un golpe domesticador, o por lo menos conciliatorio, a la perennidad de la muerte: el espiritismo, en tanto técnica coordinante de puentes construidos sobre la inusitada doctrina del periespíritu.
            La conexión, más o menos intuitiva pero siempre precisa de profundización, con el aspecto fotográfico que he invocado inicialmente viene a residir en el uso extensivo que algunos espiritistas hicieron del desarrollo de las tecnologías de la imagen. Este aspecto, fortalecido principalmente por la catalización positivista y/o cientificista que experimentó el ideario espiritista en ciertas latitudes (preferencialmente Alemania y la Gran Bretaña), intentó oficiar como un testimonio de una victoria sobre esta aporía de una modernidad que puede transmutar a todas las piedras en rosas, pero que no es capaz de sustraer de la decadencia fatal a sus hallazgos y milagros. Como cabezas de ciervos u otras bestias de la foresta, las fotografías espiritistas afluyeron por las Europas y se abrieron paso también por viajes trasatlánticos que permitieron su reproducción numerosa en diversas revistas de adeptos a la práctica haciendo gala de este proyecto de cultura: la creación de un documento capaz de atestiguar u ofrecer una prueba terminante de una evocación, de una materialización de un desencarnado en un espacio otrora prohibido a éste por las reglas de la naturaleza; esta última tensión sería también elaborada con gran fuerza por el antropológico Freud de Tótem y Tabú (1913) al momento en que el psiquiatra recapitulara sobre la importancia del veto relativo a la invocación, e incluso el nombramiento, de los muertos o ancestros en algunas tribus oceánicas.
            De manera añadida a lo anterior, no habría una precisión cabal sobre la referencia a las prácticas espiritistas si es que no se mentara, entre sus ramificaciones más relevantes, a la activación religiosa a la que tendió en ciertos puntos y coordenadas temporales, sin tener que ir necesariamente en desmedro de las connotaciones positivistas ya descritas. Es aquí en donde me parece que la conexión entre artefactos probatorios y exploraciones religiosas del espiritismo traman un vínculo que posee una data profunda y destinada a abarcar un problema de mayor envergadura. Y es que en la posibilidad misma de la evocación comprobable y doméstica de una fuerza numinosa, sagrada o simplemente mortuoria, las prácticas espiritistas remueven un costal de tierra y polvo en la tradición de la experiencia religiosa del occidente moderno y tensan, de paso, una adenda crucial en el decurso de éste a partir de una relectura importante de la vivencia de lo fugaz como un problema eminentemente espacial. Las presencias, lo sobrenatural, lo santo, o simplemente aquello fundante de una experiencia religiosa tienen un lugar en el espacio y que, yendo aún más profundamente, es un lugar que le ha sido arrebatado a un sistema de control evocatorio que mantenía la situación del milagro confinada a un territorio y a un rito específico, cuyo fuego vivía recluido en sujetos ad hoc. Los espiritistas, en efecto, no tienen templos y muy rara vez se consideran a sí mismos parte de una iglesia. De esta consecuencia puede desprenderse que la historia de la fotografía, como una historia adyacente a la de las prácticas espiritas, sea un punto de remisión interesante dentro de la reubicación de las posibilidades espaciales de la intersección entre el tiempo de quienes yacen en declinación y quienes son posibles de ser acusados solo por su estela.
            Los precedentes de esta tensión son tan variados –contradictorios incluso– como antiguos. Me gustaría, no obstante, detenerme sobre uno que permite comprender algunos detalles de este proceso, al tiempo en que coordina algunas repercusiones generales de una historia que necesita subsumir a mayor escala las historias tanto de la fotografía como del espiritismo. Ese antecedente es la impronta complejizante de la experiencia existencial provista desde el punto de vista de un temprano luteranismo del siglo XVI que se expresa a partir de la doctrina de la cruz del reformador hermano agustino alemán.
            Como es de esperar, la contingencia de la reflexión sobre la espacialidad del milagro es fácilmente vinculable a la extensa atención que le dedicaron las teologías reformadas a la clásica querella doctrinal que enfrentó a protestantes y católicos en torno a las opciones de la consustanciación y la transustanciación. Contrario a la tesis clásica de ciertas suertes de pensamiento sociologista, cuya estampa residiría principalmente en las investigaciones de Weber sobre la ética protestante (1905), que habrían visto el hálito de la Reforma como un brioso viento de síntesis, instrumentalización y simplificación racionalizante de las formas de pensamiento occidentales, me apartido mayormente por decir que en este ámbito puntual el impulso de renovación vino acompañado de una fuerza tendiente más bien a la complejización y a la liberación de la inconmensurabilidad de la experiencia religiosa, antes que de una dinámica orientada a la rigidez de sentido.
            En la experiencia espiritista capaz de ser probada por la fotografía, los convocados, los muertos mismos, comparecen ante un grupo (un círculo mediúmnico) en favor de una intersubjetividad que puede ser refrendada y contrastada. Los espíritus se muestran ante un cuerpo colectivo. El sitio del milagro se despliega como cuestión problemática por cuanto se habla ya de una experiencia que dimana desde el encuentro de los concurrentes para volver a restituirse en y solo en la apasionada cruz luterana, concatenando así un paso que la devuelve siempre hacia la cuestión de la comunidad. Se trata de un camino que se anda y se desanda; pero se habla, en rigor, del mismo camino. El impulso renovador de la Reforma, y que es leído por los espiritistas en la cuestión de la espacialidad de la invocación –si se quiere, las posibilidades espaciales de la liturgia–, está ceñido también al modo en que la vivencia del sentido interpela a una comunidad que acusa la disposición del espacio de lo invocado en fuga a través de la coordenada precisa de ubicación ritual. De ahí que Lutero ubicara a la cruz como un gesto simbólico capaz de coordinar una intersección de una voluntad que es co-legiada al tiempo que íntima e inmarcesible: “Sondern nur der, der Gottes sichtbares und (den Menschen) zugewandtes Wesen durch Leiden und Kreuz erblickt und erkennt”, se señala en la Querella de Heidelberg (1518)[1]. El acento del cura de Erfurt enmarca en la piedra angular de esta fustigante renovación la necesidad de la eyección a la visibilidad de aquello que se invoca. Se trata de divisar [erblicken] no a contraluz, sino que de otear al matiz brilloso de un luminario dolor la completa y gozosa simpatía visible [sichtbar] del padecimiento compartido; del gesto, en otras palabras, de la pasión misma. Es compatibilidad del ser dado a una visión o un reojo inclusive.
            Ese “humo sin llama” del cual hablaba Else Lasker-Schüler signa el entorno de una transportación de lo divino hacia una esfera que facilita la llamada de lo perdido y que exhorta al adepto a acercarse a la posibilidad de desmarcar toda huella de lo huidizo –esto es, toda chance de concebir al homo religiosus como una subjetividad orientada indefectiblemente a una semblanza mística– en un marco construido por y para una comunidad. Específicamente en ese sentido, fotografía y espiritismo transitan en la sintonía de una exposición pública de sus objetos; ya sea en una reproducción ilimitadamente criticable de la presencia constatada o en una certísima comunicación con lo otro perdido de la voz desencarnada. El humo sin llama es, posiblemente, el modo más adecuado de describir la cualidad de hablar de manera compartible lo obscurecido y de dar seña de aquello que el tiempo ha tornado un amasijo de cosas indescifrables.
            Con todo, el desarrollo de una idea de comunidad reunida en torno de lo especular, fuera esto un repositorio de ilustraciones o espíritus, refuerza no solo la idea de un padecer común que nos agrupa ante la experiencia mortuoria en sentido indeterminado, sino que también apuntala un factor que me permite seguir pensando que este rumbo pictórico le asesta un golpe crítico a una idea de modernidad omniabarcante y rotuladora promovida por los teóricos más originarios de la secularización para venir a reemplazarla, en cambio, por una concepción de modernidad que, como se encargará de demostrar el siglo, deviene una constelación de juegos de experiencia que, ahora sin el brillo autorizante de la contemporaneidad de lo vivible por parte de los hablantes, contrapesan los provisorios intereses de tornar estática la experiencia comunicante del universo de las cosas fugadas. Aquí, y muy a contrapunto respecto de su pensamiento político más práctico, la teología luterana nos abre paso a una refinación de la vivencia de las presencias en un sentido que coordina la común unión de lo discernible y una proclividad a la disensión armonizante relativa a la gestión del sentido de aquello que es experimentado como un cuerpo de doble autonomía.
            La lectura vernácula de las Escrituras y la fuerza neta de la tradición conciliar de los mundos protestantes permiten verificar esta gestión que acaba por enhebrar un sistema bitemporal que se construye en torno al contrato de esta experiencia múltiple en lo contingente y particular en lo numeroso (efecto que Hegel, quien también se formaba para convertirse en un pastor luterano, dejaba entrever incluso en su teoría sobre la pertinencia de la monarquía prusiana como un cuerpo capaz de servir de causa conectora de la multivocidad y estabilizadora de la policronía). De símil comparación con la libertad de investigación personal sobre las Escrituras traducidas al idioma vernacular es asimismo el proceso de activación y consumo de un producto fotográfico que es ahora susceptible de ser transportado, almacenado, vuelto a consultar y reproducido a disposición de cada dueño. Con ello, el efecto doloroso de la pérdida aurática –sobre el cual Benjamin tendrá que volver en otras ocasiones– discurre hacia la confección de un circuito que envuelve el ámbito de la conexión con lo fugado en un campo de liberación cotidiana, en el cual el milagro se puede obrar a plena luz y a discreción del impacto que pueda causar entre aquellos que comúnmente y comunitariamente lo acusen.
            La fuerza de este proceso aparece cifrando símbolos de naturaleza extraña entre las tradiciones luteranas, espiritistas y fotográficas que han sido reunidas muy fracturada y dispersamente en este texto. La domesticación, o readecuación de las relaciones entre lo fugaz y aquellos que hemos sido programados para el olvido, permite que cada uno de nosotros, en su fuero más íntimo, pueda entablar una relación específica con bienes que nos son comunes, pero que nos llevan a juegos disímiles de la memoria y que acaban por configurarnos en una suerte de comunidad de las pérdidas, en una especie de necrópolis para vivos o acaso en un ejército de magdalenas instantáneas y permanentes. Ya sean daguerrotipos, fotografías o comunicaciones mediúmnicas, estamos permanentemente ante una ruina que habla de un inaccesible, pero que, al mismo tiempo, nos sutura parcialmente a través de un sueño analgésico que nos recuerda la vocación permanente de la modernidad constreñida contra sí misma, compelida a abandonar la afición de la inmortalidad y la intención de dominar la polisemia del sentir.
            Sobre esta ruina, existe un documento relativo a la tradición luterana que expresa finamente la idea del tiempo de muertos que se materializa en la pequeña nervadura de la imagen fotográfica. Hablo del movimiento inicial de Ein deutsches Requiem de Johannes Brahms (1869), pieza en donde el germano pide al coro entonar el tradicional himno luterano Selig sind, die da Leid tragen (Benditos aquellos que portan el sufrimiento). La obra comienza marcando un lentísimo bajo pedal en fa sobre el cual se construye gran parte del edificio armónico de una obra que con sus profundas cuerdas graves –el fragmento prescinde del uso de los primeros violines a totalidad– me sugiere la imitación del sonido del fuelle de un acordeón que va marcando el ritmo a partir del cual se cantarán los austeros motivos melódicos que Brahms escogió para este réquiem. El acordeón es, sin embargo, un artefacto curioso por cuanto sirvió, entre muchos otros usos, para recordar a los colonos luteranos en el mundo el sonido monumental de los órganos tutelares que acompañaban la música luterana en un lugar ya abandonado. En ese sentido, la coyuntural expresión del fuelle es la fotografía de esa aura arrancada de una vida, de ese espíritu a veces insalvablemente distante del órgano, de ese espíritu que hay que decodificar desde lejos[2].
            ¿Será entonces que en este baile de fotografías y en este coral de muertos no se puede hablar ya de otra cosa más que de nuestras paradojas? Puede, en ese caso, que ni las fotografías ni los muertos digan nada. ¡Qué mudos seríamos de nuestra mudez entonces!



[1] Heidelberger Disputation, 1518, t. 20 (Luther Deutsch, I, 388).
[2] Una insinuación semejante es sugerida por el hermoso y juvenil coral de Mendelssohn Verleih uns Frieden (WoO 5, 1831), en donde los hermosos pasajes de la línea de cellos en divisi recuerdan esta idea.

1 comentario:

Yayo Salva dijo...

Es un placer inmenso leerte.